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sábado, 30 de mayo de 2026

Panamá: la unidad de los impresentables - Marcelo Crovato

Panamá: la unidad de los impresentables

Marcelo Crovato

 

Lo sucedido en Panamá es, como mínimo, una vergüenza política para Venezuela.

Durante años se nos ha repetido hasta el cansancio que la unidad opositora es indispensable. Y es cierto: ninguna dictadura cae con una oposición fragmentada. El problema es que existe una verdad incómoda que muchos prefieren ignorar: hay personas que, cuando se unen, no suman; restan.

La unidad no es un valor absoluto.

Una alianza política vale por la calidad moral y política de quienes la integran, no simplemente por el número de personas sentadas alrededor de una mesa.

En lo personal, he expresado muchas veces mis diferencias con María Corina Machado y mi falta de confianza política hacia ella. Pero el problema aquí no es una persona en particular. El problema es un principio.

A un líder político deben exigírsele dos cosas fundamentales: coherencia y transparencia.

Y aquí conviene aclarar algo importante.

Las estrategias pueden cambiar.

Los métodos pueden cambiar.

Incluso determinadas alianzas tácticas pueden variar cuando las circunstancias obligan a replanteamientos.

Pero los principios no.

Los principios son precisamente aquello sobre lo cual una persona construye su identidad política y aquello por lo cual otros deciden confiar en ella. Cuando un ciudadano apoya a un dirigente, no lo hace únicamente porque le guste su forma de actuar, sino porque percibe que comparte ciertos valores fundamentales, cierta filosofía de actuación, cierta manera de entender lo correcto y lo incorrecto.

Eso es lo que genera confianza.

Por eso, cuando un político modifica estrategias, normalmente puede explicarlo y la gente suele comprenderlo.

Pero cuando parece abandonar principios sobre los cuales construyó su credibilidad, la reacción inevitable es la decepción.

Si durante años alguien sostuvo que determinados sectores de la vieja política representaban precisamente aquello que debía superarse, y afirmó que jamás se mezclaría con ellos porque representaban prácticas que destruyeron la confianza ciudadana, resulta perfectamente razonable que muchos ciudadanos hoy pregunten qué cambió.

No se trata simplemente de una reunión.

No se trata de una fotografía.

Se trata de principios.

Y los principios no pueden cambiarse como quien cambia de estrategia. Como ironizaba Groucho Marx: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”.

La frase es graciosa.

En política, sería trágica.

Pero el problema de Panamá no termina allí.

En esa pretendida unidad aparecieron también figuras provenientes del chavismo originario, personas asociadas a políticas que contribuyeron a la destrucción económica venezolana. No estamos hablando simplemente de adversarios ideológicos. Estamos hablando de personas que participaron activamente en etapas decisivas del desastre nacional.

Y esto no es algo nuevo.

Durante años también se han incorporado a espacios opositores personajes como Luisa Ortega Díaz y Miguel Rodríguez Torres, figuras centrales del aparato estatal durante los sucesos represivos de 2014.

Durante aquella etapa ocurrieron encarcelamientos arbitrarios, persecuciones políticas y graves abusos contra ciudadanos cuyo único delito fue protestar.

Entre esos casos estuvo el mío.

Fui encarcelado durante aquel período y, por ello, hablo no solamente desde una convicción política, sino también desde experiencia personal.

No se trata aquí de negar el derecho de nadie a rectificar posiciones políticas.

Las personas pueden cambiar.

Pero quien participó en estructuras responsables de graves daños al país tiene la obligación moral de rendir cuentas, explicar su actuación y asumir responsabilidades antes de pretender convertirse simplemente en referente democrático.

Pero aún más importante que la coherencia está la transparencia.

Y aquí debemos decir algo incómodo: a los políticos debe exigírseles transparencia incluso cuando no ocupan cargos públicos.

Porque un político sin cargo también puede influir en decisiones, participar en negociaciones, mover recursos, respaldar intereses o facilitar acuerdos. Un político puede corromper sin necesidad de ejercer formalmente el poder.

Todos vivimos de algo. La inmensa mayoría puede explicar cuál es su actividad económica y cómo sostiene su nivel de vida. Sin embargo, en muchos dirigentes políticos venezolanos existe una opacidad preocupante respecto a su fuente de ingresos, mientras mantienen estilos de vida difíciles de comprender para el ciudadano común.

Viajes permanentes, residencias costosas, estructuras operativas complejas y gastos elevados requieren explicaciones razonables.

Esto no implica culpabilidad.

Implica preguntas.

Y en democracia las preguntas no deberían ofender a nadie.

Han existido denuncias públicas sobre presuntos manejos irregulares vinculados a recursos del interinato, incluyendo controversias alrededor de activos como Citgo, Monómeros y fondos internacionales. También han circulado versiones periodísticas sobre posibles investigaciones en Estados Unidos relacionadas con manejos financieros irregulares.

Todo ello puede terminar siendo falso, exagerado o malintencionado.

Pero precisamente por eso es tan importante la transparencia: porque quien nada debe, nada teme.

Sin embargo, aquí el problema deja de ser solamente económico.

No estamos hablando únicamente de dinero.

También existen señalamientos mucho más graves.

Durante años han circulado denuncias, testimonios y acusaciones según las cuales determinados dirigentes o sectores de la oposición habrían facilitado la entrega de personas vinculadas a la resistencia o colaborado indirectamente con mecanismos de persecución.

Se han formulado señalamientos en episodios relacionados con guarimberos detenidos, el llamado Golpe Azul, el caso del capitán Juan Carlos Caguaripano e incluso alrededor de la tragedia del inspector Óscar Pérez.

No corresponde aquí afirmar culpabilidades.

Pero sí corresponde exigir respuestas.

Porque cuando alguien es señalado de haberse beneficiado económicamente de recursos públicos, la transparencia es indispensable.

Pero cuando alguien es señalado de haber facilitado la captura o persecución de personas que arriesgaban su vida por la libertad de Venezuela, la obligación moral de rendir cuentas es muchísimo mayor.

No se trata simplemente de dinero.

Se trata de vidas humanas.

La libertad no se construye sobre fe ciega.

Se construye sobre confianza.

Y la confianza exige transparencia.

Mientras no seamos capaces de exigir honestidad, coherencia, responsabilidad y transparencia a nuestros propios líderes políticos, no tendremos derecho a sorprendernos cuando vuelvan a decepcionarnos.

Y quizás tampoco tendremos todavía derecho a ser libres.

Adendum

Antonio Ledezma dice que la oposición no se reunió en Panamá para repartirse "cuotas de poder".

Este tipejo recuerda los dichos escuchados en la niñez:

¡Panola!

¡Yo te aviso chirulí!

¡Sí es verdad, embustero!

Y algo más reciente:

¡Rata de dos patas! 

¡Ah! Y los imbéciles ¿opositores? proponiendo negociar con la dictadura. ¡Qué bols! 

¿Y los venezolanos?... Bien, gracias...


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