Panamá:
la unidad de los impresentables
Marcelo
Crovato
Lo
sucedido en Panamá es, como mínimo, una vergüenza política para Venezuela.
Durante
años se nos ha repetido hasta el cansancio que la unidad opositora es
indispensable. Y es cierto: ninguna dictadura cae con una oposición
fragmentada. El problema es que existe una verdad incómoda que muchos prefieren
ignorar: hay personas que, cuando se unen, no suman; restan.
La
unidad no es un valor absoluto.
Una
alianza política vale por la calidad moral y política de quienes la integran,
no simplemente por el número de personas sentadas alrededor de una mesa.
En
lo personal, he expresado muchas veces mis diferencias con María Corina Machado
y mi falta de confianza política hacia ella. Pero el problema aquí no es una
persona en particular. El problema es un principio.
A
un líder político deben exigírsele dos cosas fundamentales: coherencia y
transparencia.
Y
aquí conviene aclarar algo importante.
Las
estrategias pueden cambiar.
Los
métodos pueden cambiar.
Incluso
determinadas alianzas tácticas pueden variar cuando las circunstancias obligan
a replanteamientos.
Pero
los principios no.
Los
principios son precisamente aquello sobre lo cual una persona construye su
identidad política y aquello por lo cual otros deciden confiar en ella. Cuando
un ciudadano apoya a un dirigente, no lo hace únicamente porque le guste su
forma de actuar, sino porque percibe que comparte ciertos valores
fundamentales, cierta filosofía de actuación, cierta manera de entender lo
correcto y lo incorrecto.
Eso
es lo que genera confianza.
Por
eso, cuando un político modifica estrategias, normalmente puede explicarlo y la
gente suele comprenderlo.
Pero
cuando parece abandonar principios sobre los cuales construyó su credibilidad,
la reacción inevitable es la decepción.
Si
durante años alguien sostuvo que determinados sectores de la vieja política
representaban precisamente aquello que debía superarse, y afirmó que jamás se
mezclaría con ellos porque representaban prácticas que destruyeron la confianza
ciudadana, resulta perfectamente razonable que muchos ciudadanos hoy pregunten
qué cambió.
No
se trata simplemente de una reunión.
No
se trata de una fotografía.
Se
trata de principios.
Y
los principios no pueden cambiarse como quien cambia de estrategia. Como
ironizaba Groucho Marx: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo
otros”.
La
frase es graciosa.
En
política, sería trágica.
Pero
el problema de Panamá no termina allí.
En
esa pretendida unidad aparecieron también figuras provenientes del chavismo
originario, personas asociadas a políticas que contribuyeron a la destrucción
económica venezolana. No estamos hablando simplemente de adversarios
ideológicos. Estamos hablando de personas que participaron activamente en
etapas decisivas del desastre nacional.
Y
esto no es algo nuevo.
Durante
años también se han incorporado a espacios opositores personajes como Luisa
Ortega Díaz y Miguel Rodríguez Torres, figuras centrales del aparato estatal
durante los sucesos represivos de 2014.
Durante
aquella etapa ocurrieron encarcelamientos arbitrarios, persecuciones políticas
y graves abusos contra ciudadanos cuyo único delito fue protestar.
Entre
esos casos estuvo el mío.
Fui
encarcelado durante aquel período y, por ello, hablo no solamente desde una
convicción política, sino también desde experiencia personal.
No
se trata aquí de negar el derecho de nadie a rectificar posiciones políticas.
Las
personas pueden cambiar.
Pero
quien participó en estructuras responsables de graves daños al país tiene la
obligación moral de rendir cuentas, explicar su actuación y asumir
responsabilidades antes de pretender convertirse simplemente en referente
democrático.
Pero
aún más importante que la coherencia está la transparencia.
Y
aquí debemos decir algo incómodo: a los políticos debe exigírseles
transparencia incluso cuando no ocupan cargos públicos.
Porque
un político sin cargo también puede influir en decisiones, participar en negociaciones,
mover recursos, respaldar intereses o facilitar acuerdos. Un político puede
corromper sin necesidad de ejercer formalmente el poder.
Todos
vivimos de algo. La inmensa mayoría puede explicar cuál es su actividad
económica y cómo sostiene su nivel de vida. Sin embargo, en muchos dirigentes
políticos venezolanos existe una opacidad preocupante respecto a su fuente de
ingresos, mientras mantienen estilos de vida difíciles de comprender para el
ciudadano común.
Viajes
permanentes, residencias costosas, estructuras operativas complejas y gastos
elevados requieren explicaciones razonables.
Esto
no implica culpabilidad.
Implica
preguntas.
Y
en democracia las preguntas no deberían ofender a nadie.
Han
existido denuncias públicas sobre presuntos manejos irregulares vinculados a
recursos del interinato, incluyendo controversias alrededor de activos como
Citgo, Monómeros y fondos internacionales. También han circulado versiones
periodísticas sobre posibles investigaciones en Estados Unidos relacionadas con
manejos financieros irregulares.
Todo
ello puede terminar siendo falso, exagerado o malintencionado.
Pero
precisamente por eso es tan importante la transparencia: porque quien nada
debe, nada teme.
Sin
embargo, aquí el problema deja de ser solamente económico.
No
estamos hablando únicamente de dinero.
También
existen señalamientos mucho más graves.
Durante
años han circulado denuncias, testimonios y acusaciones según las cuales
determinados dirigentes o sectores de la oposición habrían facilitado la
entrega de personas vinculadas a la resistencia o colaborado indirectamente con
mecanismos de persecución.
Se
han formulado señalamientos en episodios relacionados con guarimberos
detenidos, el llamado Golpe Azul, el caso del capitán Juan Carlos Caguaripano e
incluso alrededor de la tragedia del inspector Óscar Pérez.
No
corresponde aquí afirmar culpabilidades.
Pero
sí corresponde exigir respuestas.
Porque
cuando alguien es señalado de haberse beneficiado económicamente de recursos
públicos, la transparencia es indispensable.
Pero
cuando alguien es señalado de haber facilitado la captura o persecución de
personas que arriesgaban su vida por la libertad de Venezuela, la obligación
moral de rendir cuentas es muchísimo mayor.
No
se trata simplemente de dinero.
Se
trata de vidas humanas.
La
libertad no se construye sobre fe ciega.
Se
construye sobre confianza.
Y
la confianza exige transparencia.
Mientras
no seamos capaces de exigir honestidad, coherencia, responsabilidad y
transparencia a nuestros propios líderes políticos, no tendremos derecho a
sorprendernos cuando vuelvan a decepcionarnos.
Y
quizás tampoco tendremos todavía derecho a ser libres.
Adendum
Antonio
Ledezma dice que la oposición no se reunió en Panamá para repartirse
"cuotas de poder".
Este
tipejo recuerda los dichos escuchados en la niñez:
¡Panola!
¡Yo
te aviso chirulí!
¡Sí
es verdad, embustero!
Y
algo más reciente:
¡Rata de dos patas!
¡Ah! Y los imbéciles ¿opositores? proponiendo negociar con la dictadura. ¡Qué bols!
¿Y los venezolanos?... Bien, gracias...

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