El último piso del Marriott es la sede de facto de la embajada estadounidense en Caracas.
Desde Venezuela
Diplomáticos, espías y guacamayas convergen en este hotel de Caracas
The New York
Times
El
último piso del Marriott es la sede de facto de la embajada estadounidense en
Caracas.Credit...Todd Heisler/The New York Times
El
JW Marriott se ha convertido en la embajada de facto para diplomáticos
estadounidenses mientras inversionistas buscan su siguiente gran negocio en el
país sudamericano en el lobby.
Por
Simon Romero. Fotografías por Todd Heisler
Reportando
desde Caracas, Venezuela
6
de mayo de 2026
Desde
el exterior, el JW Marriott de Caracas tiene un aspecto bastante normal: una
torre de 17 pisos de ladrillo expuesto situada en un distrito financiero que
antaño fue vibrante, pero que ahora está apagado.
Pero
si uno se adentra en su cavernoso vestíbulo climatizado, es obvio que no se
trata de un hotel cualquiera.
Un
grupo de estadounidenses fornidos, tatuados y bigotudos, que parecen sacados
del reparto para una unidad de operaciones especiales vestida de civil,
merodean por la entrada y evalúan a quienes entran, negándose a decir qué hacen
allí.
En
la terraza del hotel, se oye a los petroleros tejanos discutir en voz baja
sobre posibles tratos mientras beben vasos de whisky. Escucha con atención y
otras conversaciones entran en escena: financieros neoyorquinos discutiendo el
valor de los bonos venezolanos impagados o diplomáticos estadounidenses
lamentando la calidad del bufé del desayuno.
En
lo que a lugares de escucha se refiere, el Marriott podría ser el mejor ejemplo
del cambio que ha experimentado Venezuela, al pasar de ser un incordio para
Washington a convertirse en algo parecido a un estado vasallo, luego de que las
fuerzas estadounidenses capturaran y sacaran por la fuerza al anterior líder del
país en enero.
Un
hombre sentado en una mesa bajo una sombrilla en la terraza de un hotel de
exuberante vegetación.
En
la terraza del hotel, se oye a unos petroleros tejanos discutir en voz baja
sobre posibles acuerdos mientras beben vasos de whisky.
“Sin
duda alguna, es donde está la movida”, dijo Ricardo Cusanno, un empresario
venezolano que se reunió con varias delegaciones visitantes de inversionistas
estadounidenses en el hotel en las últimas semanas. “Ahorita el Marriott es el
epicentro de todo el cambio económico y político de Venezuela”.
En
parte, eso se debe a que el último piso del Marriott sirve como sede de facto
de la embajada estadounidense, lo que lo convierte en un hervidero de actividad
tanto para diplomáticos como para funcionarios de los servicios de
inteligencia. Decenas de estadounidenses recién llegados, incluido el principal
enviado, John Barrett, han hecho del hotel su hogar temporal.
Esto
se debe a que la colosal embajada estadounidense, situada a menos de tres
kilómetros de distancia, está en reparaciones para hacerla funcional luego de
que fuera desalojada en 2019 cuando Venezuela rompió sus lazos diplomáticos con
Estados Unidos.
La embajada de EE. UU. en Caracas está siendo reparada.
Dos
hombres con traje negro caminan bajo un toldo de hormigón en la embajada de EE.
UU. en Caracas.
En el piso 17 del Marriott, detrás de unos postes y un cartel que dice “Área restringida solo personal autorizado”, el Departamento de Estado ha instalado su improvisada embajada en varias suites.
Los
empleados trabajan en espacios reducidos en mesas de conferencias y escritorios
temporales. Los ejecutivos de negocios son invitados a reunirse con Barrett, el
encargado de negocios, en una suite reconfigurada como sala de conferencias
adornada con banderas estadounidenses.
Por
ahora, la presencia estadounidense se limita en gran medida al Marriott y a las
cuadras circundantes. Aunque Caracas es más segura que en el pasado, el
Departamento de Estado aconseja a los viajeros que tomen precauciones para
evitar ser víctimas de la delincuencia.
El
personal de la embajada tiene restringido aventurarse lejos de las
inmediaciones del hotel, lo que efectivamente significa que tratan de descifrar
un país aproximadamente dos veces el tamaño de California sin poder circular
ampliamente por su capital.
En
el exterior de la entrada del Marriott, una flota de camionetas Nissan Patrol
blancos, recientemente transportadas por vía aérea a Venezuela para uso de la
embajada, permanece preparada.
Guacamayas en un balcón del hotel.
Dos
guacamayas azules sentadas en un balcón junto a plantas verdes y amarillas.
Varios estadounidenses que viven en el Marriott, que cuenta con 269 habitaciones, una piscina exterior y un gimnasio, se negaron a hacer comentarios porque no estaban autorizados a hablar con periodistas.
Aun
así, algunos de los estadounidenses accedieron a hablar siempre que no se les
mencionara por su nombre. La mayoría trató de destacar los aspectos positivos
de sus experiencias, como el balcón de una suite del último piso con amplias
vistas que se ha convertido en un lugar popular para observar a las coloridas
guacamayas de la ciudad.
Las
decenas de diplomáticos estadounidenses que han aterrizado recientemente en la
ciudad intentan que su estancia sea más permanente e identifican posibles
departamentos para alojar al personal.
Por
ahora, encuentran refugio en el Marriott, uno de los últimos hoteles que quedan
en Venezuela donde los huéspedes pueden ganar puntos en un programa de
fidelidad con sede en Estados Unidos luego de que Venezuela nacionalizara el
icónico Caracas Hilton y otros hoteles del país.
El
Marriott, donde las habitaciones cuestan unos 250 dólares la noche, parece no
estar preparado para la repentina afluencia de diplomáticos, espías y
buscadores de fortuna de diversa índole.
El
gerente del Marriott, de propiedad local y gestionado en virtud de un acuerdo
con Marriott International, no respondió inmediatamente a una solicitud de
comentarios.
Los ascensores son lentos y suelen tardar en abrirse en cada planta. A veces hay que pulsar repetidamente los botones para que suban o bajen.
El hotel cuenta con 269 habitaciones, una piscina exterior y un gimnasio.
Dos
palmeras se alzan frente a un alto hotel de ladrillo.
Los huéspedes se quedan regularmente fuera de sus habitaciones porque las pilas de los lectores de llaves digitales de las puertas dejaron de funcionar. El desayuno cuesta unos 32 dólares por persona por unos huevos revueltos aguados y un yogur que es —¿cómo decirlo?— de procedencia aparentemente cuestionable.
Tampoco
es el hotel más exclusivo de Caracas; esa distinción pertenece al Cayena, un
hotel de lujo donde las habitaciones cuestan aproximadamente el doble que en el
Marriott. Algunos visitantes extranjeros se alojan allí, aunque acaben haciendo
negocios en el Marriott.
El
Marriott tampoco goza de la mejor ubicación. Los viajeros suelen optar en su
lugar por el Renaissance (también operado bajo un acuerdo de franquicia con
Marriott International), a poca distancia de numerosos restaurantes, bares,
parques y rutas de senderismo.
Tales
opciones de alojamiento siguen fuera del alcance de la gran mayoría de los
venezolanos, quienes aún esperan que la reciente agitación política marque una
diferencia en su vida
“Mientras
eso pasa, gran parte de la transformación que tanto esperan se está cuadrando
desde el Marriott”, dijo Jorge Barragán, asesor de riesgos políticos de Orinoco
Research, una empresa de inteligencia política de Caracas.
Tyler
Pager colaboró con reportería.
Simon
Romero es corresponsal del Times y cubre México, América Central y el Caribe.
Reside en Ciudad de México.
Todd
Heisler es fotógrafo del Times y reside en Nueva York. Ha sido fotoperiodista
durante más de 25 años.












