Opinión
El
policía y el profesor
Por
El Nacional
diciembre
6, 2025 1:01 am
La
vida, precaria y sucedida, sigue su rumbo. Las vidas, mejor. Por ejemplo, la de
un policía. O un par de ellos, para ajustarnos a esta historia. Una pareja que
cumple su rutina diaria. Es cerca del mediodía y podemos suponer que llevan
horas en la brega, quizás cumpliendo con la tarea encomendada.
Otra
vida más va a encontrarse con la pareja de guardianes del orden público. Salió
de la facultad, donde se desempeña como profesor universitario. Quizás haga
otras cosas más. Como todos. Como los policías.
Le
hacen la señal de que detenga el auto. Lo hace. Le piden sus papeles. Los
muestra. Los revisa uno de los agentes. Y, tras una ojeada rápida, le pregunta:
¿usted a qué se dedica?, soy profesor, vengo de la facultad y voy a mi casa. El
policía, voltea hacia su compañero, y le dice, encogiendo los hombros: es
profesor. Y entonces les devuelve los papeles y le dice al hombre al volante
que siga su ruta. “Le íbamos a pedir que nos ayudara con el almuerzo, pero
ustedes están peor que nosotros.”
La
breve escena, que omite datos de lugar y nombres, circula en chats y en
comentarios sobre los comentarios. ¿Cuántas como esta ocurrirán en un día
cualquiera en Caracas? Varios, seguro. Cada día, cada hora. No siempre los
agentes dirán siga su ruta.
Otros
conductores corren con menos suerte. Le piden el teléfono celular, se lo
revisan, le preguntan sobre lo que se les ocurra de lo que encuentren, le
advierten de la gravedad del asunto. El rostro de la que ya es una potencial
víctima, se arruga, se contrae. Pero hay formas de arreglar todo para evitar un
traslado perentorio al Helicoide.
El
profesor tuvo suerte. Se encontró con un par de policías que saben cómo se bate
el cobre. Que las carencias se reparten por igual. O casi. “Entre tu pueblo y
el mío/Hay un punto y una raya”, cantaba Soledad Bravo en los setenta. “Esas
cosas no existen/ sino que fueron trazadas/para que mi hambre y la tuya/ Estén
siempre separadas.”
Los
puntos y las rayas siguen ahí. Mi hambre y la tuya se citan en cualquier calle,
a cualquier hora. La del profesor y la de los policías. El hambre, como en los
textos bíblicos, puede ser, y lo es, de justicia y libertad. Además de física.
La
escena junta y reconoce las penurias de uno y otros. Sobre ellas se impone, sin
embargo, un toque de solidaridad y de comprensión, que requerimos en cantidades
incontables para vencer, ya no los puntos y las rayas, sino los muros de la
intransigencia y la indolencia.
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