Oslo, a 10 de diciembre de 2025.
Sus
Majestades,
Sus
Altezas Reales,
Señora
Machado, Premio Nobel de la Paz,
Excelencias,
Distinguidos
invitados,
Señoras
y señores.
Samantha
Sofía Hernández, una adolescente de 16 años, el mes pasado fue brutalmente
secuestrada por hombres enmascarados de las fuerzas de seguridad del régimen de
Maduro. La sacaron de la casa de sus abuelos. No sabemos dónde se encuentra
actualmente, probablemente en uno de los centros de internamiento de la
dictadura. Puede que esté con su padre, quien en enero desapareció sin dejar
rastro.
¿Cuál
fue su pecado?
Su
hermano era soldado, pero se negó a seguir las órdenes del régimen de cometer
actos brutales contra la población.
Por
ese delito, toda la familia debe ser castigada.
A
Juan Requesens se le ordena girarse lentamente hacia la cámara. Las imágenes lo
muestran de pie, en ropa interior, cubierto de heces y con la mirada perdida y
confusa. Supuestamente había confesado haber planeado un golpe de Estado.
Pero,
por supuesto, no había pruebas. El día antes de ser detenido, Juan compareció
ante la Asamblea Nacional. Dio un discurso en el que repetía una frase clave;
una promesa a su país y a sí mismo: «Yo me niego a rendirme.»
Alfredo
Díaz, líder opositor y exalcalde, fue sacado de un autobús el pasado mes de
noviembre y arrojado a las profundidades de El Helicoide, la mayor cámara de
tortura de América Latina. Un preso político más, en una larga lista. Esta
semana se ha conocido la noticia de su muerte. Otra vida perdida. Otra víctima
del régimen.
Estas
historias no son únicas. Esta es Venezuela de hoy. Es como el régimen
venezolano trata a sus propios ciudadanos. A una hermana. A un estudiante. A un
político. Cualquiera que aún crea en decir la verdad en voz alta puede
desaparecer violentamente en un sistema creado específicamente para erradicar
esa creencia.
Samantha,
Juan y Alfredo no eran extremistas. Eran venezolanos comunes y corrientes que
soñaban con libertad, democracia y derechos.
Por
ello, les arrebataron la vida.
Este
régimen ni siquiera perdona a sus niños. Más de 200 menores fueron detenidos
tras las elecciones de 2024. Las Naciones Unidas documentaron lo que sufrieron
de la siguiente manera:
Bolsas
de plástico apretadas sobre sus cabezas.
Descargas
eléctricas en los genitales.
Golpes
al cuerpo tan brutales que les dolía respirar.
Violencia
sexualizada.
Celdas
tan frías que provocan intensos temblores.
Agua
potable contaminada, llena de insectos.
Gritos
a que nadie acudió para poner fin.
Un
niño yacía en la oscuridad susurrando el nombre de su madre, una y otra vez,
con la esperanza de que ella no creyera que estaba muerto.
Un
joven de 16 años finalmente regresó a casa, tan devastado por las descargas
eléctricas y los golpes que no podía abrazar a su madre sin sentir un dolor
agudo en todo el cuerpo. Durante meses, se asustaba con cada ruido y apenas
dormía. Por la noche se despertaba sobresaltado, convencido de que los soldados
habían regresado para reanudar sus ataques.
Mientras
estamos aquí sentados en el Ayuntamiento de Oslo, hay personas inocentes
encerradas en celdas oscuras en Venezuela. No pueden oír los discursos de hoy,
solo los gritos de los presos que están siendo torturados.
Así
es como los poderes autoritarios intentan aplastar a quienes se alzan en
defensa de la democracia. Las Naciones Unidas
han declarado que estos actos constituyen crímenes de lesa humanidad.
Este
es el régimen de Nicolás Maduro.
Venezuela
se ha convertido en un Estado brutal y autoritario sumido en una profunda
crisis humanitaria y económica. Mientras tanto, una pequeña élite en la
cúspide, protegida por el poder, las armas y la impunidad, se enriquece.
A
la sombra de esta crisis, miles de mujeres y niños se ven empujados hacia la
prostitución y la trata de personas. Las hijas simplemente desaparecen. Los
niños se convierten en objetos de comercio en manos de delincuentes que ven la
desesperación humana como una oportunidad de negocio.
Una
cuarta parte de la población ya ha huido del país, lo que supone una de las
mayores crisis de refugiados del mundo.
Quienes
se quedan viven bajo un régimen que silencia, acosa y ataca sistemáticamente a
la oposición.
Venezuela
no está sola en esta oscuridad. El mundo va por mal camino. Los regímenes
autoritarios están ganando terreno.
Tenemos
que plantearnos la incómoda pregunta:
¿Por
qué nos resulta tan difícil preservar la democracia, una forma de gobierno
concebida para proteger nuestra libertad y nuestra paz?
Cuando
la democracia pierde, el resultado es más conflicto, más violencia, más guerra.
En
2024 se celebraron más elecciones que en ningún otro año anterior, pero cada
vez menos son libres y justas. El poder de la ley se usa de forma indebida. Se
silencia a los medios libres. Los críticos son encarcelados.
Cada
vez más países, incluso aquellos con una larga tradición democrática, están
derivando hacia el autoritarismo y el militarismo.
Los
regímenes autoritarios aprenden unos de otros. Comparten tecnologías y sistemas
de propaganda. Detrás de Maduro están Cuba, Rusia, Irán, China y Hezbolá, que
proporcionan armas, sistemas de vigilancia y vías de supervivencia económica.
Hacen que el régimen sea más robusto y más brutal.
Y,
sin embargo, en medio de esta oscuridad, hay venezolanos que se han negado a
rendirse. Los que mantienen viva la llama de la democracia. Que nunca ceden,
pese al enorme coste personal. Ellos nos recuerdan constantemente lo que está en
juego.
Muchos
de ellos están hoy aquí con nosotros:
El
presidente electo de Venezuela, Edmundo González Urrutia.
Carlos,
el poeta.
Claudia,
la activista.
Pedro,
el catedrático universitario.
Ana
Luisa, la enfermera.
Corina,
la abuela.
Antonio,
el político de oposición.
María
Corina, la ganadora del premio Nobel de la Paz.
En
el núcleo de la lucha por la democracia brilla una simple verdad: la democracia
es más que una forma de gobierno. Es también la base para una paz duradera.
Millones
de venezolanos lo saben.
Año
tras año, estudiantes, sindicatos, periodistas, organizaciones empresariales y
ciudadanos de a pie se han movilizado en oleadas de resistencia.
Han
llenado las calles en señal de protesta. Cuando les arrebataron sus votos,
hicieron sonar cacerolas. Cuando la vigilancia estatal se vuelve ineludible,
susurran.
Personas
de todo el espectro político – desde comunistas hasta conservadores – se han
alzado para desafiar al régimen. La oposición ha probado una estrategia tras
otra.
A
lo largo de todo esto han dicho: No luchamos por venganza, sino por justicia.
Por
la inviolabilidad de las urnas. Por la democracia. Por la paz.
Pero
les responden que esas cosas son imposibles. Que fracasarán.
Y
cuando los venezolanos pidieron al mundo que prestara atención, les dimos la
espalda.
Mientras
perdían sus derechos, su alimento, su salud y su seguridad – y, finalmente, su
propio futuro – gran parte del mundo se aferró a sus viejas narrativas. Algunos
insistían en que Venezuela era una sociedad igualitaria ideal. Otros solo
querían ver en ella una lucha contra el imperialismo. Otros más optaron por
interpretar la realidad venezolana como una competencia entre superpotencias,
pasando por alto el valor de quienes buscan la libertad en su propio país.
Todos estos observadores tienen algo en común: la traición moral a quienes de
hecho viven bajo este régimen brutal.
Si
solo apoyas a quienes comparten tus opiniones políticas, no has entendido ni la
libertad ni la democracia. Sin embargo, muchos críticos se quedan ahí. Ven que
las fuerzas democráticas locales cooperan, por necesidad, con actores que les
desagradan y utilizan eso como justificación para negarles su apoyo. Así
anteponen las convicciones ideológicas a la solidaridad humana.
¿Cómo
debemos considerar a aquellos que dedican toda su energía en buscar defectos en
las difíciles decisiones que han debido tomar los valientes defensores de la
democracia, en lugar de reconocer su valentía y su sacrificio, o de preguntarse
cómo podemos también nosotros contribuir a la lucha contra la dictadura?
Es
fácil aferrarse a los principios cuando lo que está en juego es la libertad de
otros. Pero ningún movimiento democrático actúa en circunstancias ideales. Los
líderes activistas deben enfrontar y resolver dilemas que quienes observamos
desde fuera podemos permitirnos ignorar. Quienes viven bajo una dictadura a
menudo tienen que elegir entre lo difícil y lo imposible. Sin embargo, muchos
de nosotros – desde una distancia segura – esperamos que los líderes
democráticos de Venezuela persigan sus objetivos con una pureza moral que sus
adversarios jamás muestran. Esto no es realista. Es injusto. Y revela una
ignorancia de la historia.
Muchos
de los que se han subido a este estrado para recibir el Premio Nobel de la Paz,
entre ellos Lech Walesa y Nelson Mandela, conocían bien los dilemas del
diálogo.
En los sistemas autoritarios, el diálogo puede conducir a mejoras, pero también puede ser una trampa. El diálogo se utiliza a menudo para ganar tiempo, generar división y controlar la agenda. María Corina Machado ha participado en procesos de diálogo por años. Nunca ha rechazado el principio de hablar con la otra parte, pero sí ha rechazado los procesos vacíos.
La
paz sin justicia no es paz.
El
diálogo sin verdad no es reconciliación.
El
futuro de Venezuela puede tomar muchas formas. Pero el presente es uno solo, y
es horroroso.
Por
eso la oposición democrática en Venezuela debe contar con nuestro apoyo, no con
nuestra indiferencia o, peor aún, con nuestra condena. Cada día, sus dirigentes
deben elegir un camino que realmente esté a su alcance, no el camino de las
ilusiones.
Apoyar
el desarrollo democrático es apoyar la paz.
Pero
desde el anuncio del Premio Nobel de la Paz de este año, se ha planteado la
cuestión: ¿La democracia realmente conduce a la paz?
Los
resultados de la investigación son contundentes, y la respuesta es afirmativa.
No porque la democracia sea perfecta, sino porque sus propios mecanismos hacen
que la guerra sea menos probable.
Las
democracias cuentan con válvulas de seguridad: medios de comunicación libres,
estructuras de reparto del poder, tribunales independientes, organizaciones de
la sociedad civil y elecciones que permiten cambiar de liderazgo sin recurrir a
la violencia. En este entorno político, las opiniones divergentes no son una
amenaza que deba ser sofocada, sino una ventaja.
En
una democracia, un líder que ignora los hechos puede ser sustituido en las
próximas elecciones. En un régimen autoritario, el líder se mantiene en el
poder y reemplaza a todos aquellos que dicen verdades incómodas. La lealtad
pasa a ocupar el lugar de la realidad y se toman decisiones peligrosas en la
oscuridad. La guerra siempre tiene un alto costo, pero en los regímenes
autoritarios no son los líderes quienes pagan el precio más alto. Por eso las
democracias casi nunca van a la guerra entre sí, a diferencia de lo que ocurre
con más frecuencia con los Estados autoritarios.
El
mandato de Nicolás Maduro en Venezuela demuestra por qué. Los conflictos se
resuelven por la fuerza bruta y no mediante la negociación. El resultado es una
sociedad en la que millones de personas se ven obligadas a guardar silencio,
con consecuencias que no se detienen en la frontera. La inestabilidad, la
violencia y la destrucción sistemática de las instituciones del país han
afectado a toda la región, y un país vecino ha sido amenazado con una invasión
militar. Venezuela demuestra – con dolorosa claridad – que el autoritarismo no
solo destruye la sociedad desde dentro, sino que también propaga la
inestabilidad más allá de sus fronteras.
La
democracia no es, obviamente, una garantía de paz, pero es el sistema más
eficaz del que disponemos para prevenir la violencia y el conflicto.
Este
razonamiento suele suscitar un contraargumento bien conocido: que la democracia
en sí genera disturbios y conflictos, que reclamar la libertad es peligroso. Se
trata de una afirmación antigua. Los líderes autoritarios la han utilizado
durante generaciones para justificar su permanencia en el poder. Hoy, además,
refuerzan ese argumento con desinformación y propaganda, dos de sus armas
esenciales.
Señoras
y señores:
Como
ciudadanos en una democracia tenemos el deber de ser críticos con nuestras
fuentes de información. Deben saltar las alarmas cuando las opiniones que
expresamos sean idénticas a las difundidas por uno de los sistemas de
desinformación más manipuladores del mundo. Porque, en ese caso, no solo
estamos difundiendo información, sino la propaganda estratégica de un dictador.
¿Qué
hemos de pensar cuando leemos que es la oposición venezolana la que amenaza al
país con la guerra, que el movimiento democrático es quien desea una invasión?
¿Cuando se invierte por completo el relato y las víctimas son tildadas de
agresores? Esta es la versión de la realidad que el régimen de Maduro ofrece al
mundo: que su régimen es el garante de la paz. Pero una paz basada en el miedo,
el silencio y la tortura no es paz; es sumisión presentada como estabilidad.
No,
el origen de la violencia no son los activistas democráticos. Proviene de
quienes están en la cúspide del poder y se niegan a cederlo. No fue Nelson
Mandela quien hizo violenta a Sudáfrica, sino la represión del régimen del
apartheid contra las demandas de igualdad. No fueron los grupos de oposición
quienes iniciaron las encarcelaciones en Bielorrusia, las ejecuciones en Irán –
o la persecución en Venezuela. La violencia emana de los regímenes autoritarios
cuando arremeten contra las demandas populares de cambio.
La
paz y la democracia no pueden separarse sin que ambas pierdan su significado.
La paz duradera requiere un Estado de derecho, la participación política y el
respeto por la dignidad humana.
Antes
de poder debatir nuestras discrepancias políticas, debemos establecer algún
tipo de democracia. Sin ella, no hay una distinción significativa entre derecha
e izquierda, no existe una forma legítima de discrepar, ni una auténtica vida
política.
La
democracia no es un lujo prescindible.
No
es un adorno que se coloca en una estantería.
La
democracia es trabajo arduo.
Es
acción y negociación.
Es
una obligación viva.
Los
instrumentos de la democracia son los instrumentos de la paz.
Nos
reunimos hoy, por lo tanto, para defender algo mucho más importante que
cualquiera de los dos lados de una división política o ideológica. Nos reunimos
para defender a la propia democracia, el fundamento mismo sobre el que descansa
una paz duradera.
Cuando
la gente se niega a renunciar a la democracia, también se niega a renunciar a
la paz. Quien entiende profundamente esta verdad es María Corina Machado.
Como
fundadora de Súmate, una organización dedicada a construir democracia, María
Corina Machado dio un paso al frente para defender elecciones libres y justas
hace ya más de dos décadas. Como ella misma lo expresó: “Fue una elección de
votos sobre balas”.
A
través de sus responsabilidades políticas y de su labor en diversas
organizaciones, ha alzado la voz en favor de la independencia judicial, los
derechos humanos y la representación popular. Ella ha dedicado años de trabajo
a la libertad del pueblo venezolano.
Las
elecciones presidenciales de 2024 fueron un factor decisivo en la elección de
la galardonada con el Premio de la Paz de este año. María Corina Machado fue la
candidata presidencial de la oposición y la voz unificadora de la esperanza en
el país. Cuando el régimen bloqueó su candidatura, el movimiento podría haberse
derrumbado, pero ella brindó su apoyo a Edmundo González Urrutia y la oposición
se mantuvo unida.
La
oposición logró encontrar un terreno común en la exigencia de elecciones libres
y de un gobierno representativo. Este es el fundamento mismo de la democracia:
nuestra disposición compartida a defender los principios del gobierno del
pueblo, incluso cuando discrepamos en las políticas. En un momento en que la
democracia está bajo amenaza en todo el mundo, es más importante que nunca
defender este terreno común.
Cientos
de miles de voluntarios se movilizaron por encima de las divisiones políticas.
Fueron formados como observadores electorales y utilizaron la tecnología de
nuevas maneras para documentar cada etapa del proceso electoral. Hasta un
millón de personas vigilaron los centros de votación en todo el país. Subieron
las actas de escrutinio, fotografiaron las actas y aseguraron copias antes de
que el régimen pudiera destruirlas. Defendieron esa documentación con sus
propias vidas y luego se aseguraron de que el mundo conociera los resultados de
la elección.
Fue
una movilización de base sin precedentes en Venezuela y, probablemente, en el
mundo entero. Ciudadanos y ciudadanas de a pie, de todos los ámbitos de la
vida, llevaron a cabo un trabajo sistemático y de alta tecnología de
documentación en un clima de amenazas, vigilancia y violencia.
Los
esfuerzos de este movimiento democrático, tanto antes como después de las
elecciones, fueron innovadores y valientes, pacíficos y profundamente
democráticos.
La
oposición obtuvo apoyo internacional cuando sus dirigentes hicieron públicos
los resultados del escrutinio recogidos en los distintos distritos electorales
del país, que demostraban que la oposición había ganado por un margen claro.
Pero
el régimen lo negó todo. Falsificó los resultados electorales y se aferró al
poder, recurriendo a la violencia.
Durante
el último año, la señora Machado se ha visto obligada a vivir en la
clandestinidad.
Pese
a las graves amenazas, ha permanecido en el país, siendo una fuente de
inspiración para millones de personas.
Recibe
el Premio Nobel de la Paz de 2025 por su incansable labor en la promoción de
los derechos democráticos del pueblo de Venezuela y por su lucha para lograr
una transición pacífica y justa de la dictadura a la democracia.
Durante
mucho, mucho tiempo, la oposición en Venezuela ha recurrido a todas las
herramientas de la democracia para sostener su campaña civil pacífica. A lo
largo de los años, la señora Machado y sus aliados se han visto obligados a
adaptarse y cambiar de tácticas. Han utilizado casi todos los instrumentos
democráticos: desde el boicot electoral cuando el sistema estaba demasiado
corrompido, hasta la participación cuando pequeños resquicios en el proceso lo
permitían. Han intentado el diálogo, la organización, la movilización y una extensa
labor de documentación electoral.
La
señora Machado ha solicitado atención, apoyo y presión internacionales, no una
invasión de Venezuela.
Ha
exhortado a la población a defender sus derechos por medios pacíficos y
democráticos.
Las
investigaciones sobre la paz lo demuestran claramente: la movilización no
violenta a gran escala figura entre los métodos más eficaces para lograr un
cambio político en una dictadura. Cuando una población se moviliza, la
comunidad internacional ejerce una fuerte presión y las fuerzas de seguridad se
abstienen de utilizar la violencia contra la población, puede alcanzarse un
punto de inflexión.
Como
líder del movimiento democrático en Venezuela, María Corina Machado es uno de
los ejemplos más extraordinarios de valentía civil en la historia reciente de
América Latina.
El
Premio Nobel de la Paz de este año cumple con los tres criterios establecidos
en el testamento de Alfred Nobel.
En
primer lugar, la oposición venezolana ha logrado unir movimientos políticos,
organizaciones de la sociedad civil y ciudadanos comunes con un objetivo común:
el restablecimiento de la democracia. Reunir a grupos diversos que
anteriormente se oponían entre sí equivale, en la actualidad, a lo que Alfred
Nobel denominó la celebración de congresos por la paz.
En
segundo lugar, el movimiento democrático de Venezuela se ha opuesto a la
militarización de la sociedad impulsada por el régimen. Dicho régimen ha armado
a miles de grupos, ha autorizado a bandas paramilitares a cometer abusos y ha
invitado a fuerzas militares extranjeras al país, acelerando así la
militarización. Al documentar los abusos y exigir rendición de cuentas, la
oposición busca fortalecer la autoridad democrática civil y reducir la
influencia de las armas. Esto priva a los criminales y a las milicias afines al
régimen de su armamento y autonomía, cumpliendo así con el criterio de Nobel de
promover la paz mediante el desarme.
En
tercer lugar, la verdadera fraternidad o hermandad – la que Alfred Nobel
imaginó – requiere de la democracia. Solo cuando las personas pueden elegir a
sus líderes y expresarse sin temor puede arraigar la paz, ya sea dentro de una
sociedad o entre países. La democracia constituye la forma más elevada de
fraternidad y el camino más seguro hacia una paz duradera.
Por
lo tanto, hoy, aquí, en esta sala – con toda la solemnidad que acompaña al
Premio Nobel de la Paz y a esta ceremonia anual – diremos aquello que más temen
los líderes autoritarios:
Su
poder no es permanente.
Su
violencia no prevalecerá sobre un pueblo que se levanta y resiste.
Señor
Maduro:
Debe
aceptar los resultados electorales y renunciar a su cargo.
Debe
sentar las bases para una transición pacífica hacia la democracia.
Porque
esa es la voluntad del pueblo venezolano.
María
Corina Machado y la oposición venezolana han encendido una llama que ninguna
tortura, ninguna mentira y ningún miedo podrán apagar.
Cuando
se escriba la historia de nuestra época, no serán los nombres de los
gobernantes autoritarios los que destaquen, sino los nombres de quienes se
atrevieron a resistir.
Quienes
se mantuvieron firmes frente al peligro.
Quienes
siguieron adelante cuando otros se rindieron.
Carl
von Ossietzky.
Andréi
Sájarov.
Nelson
Mandela.
A
lo largo de su dilatada historia, el Comité Noruego del Nobel ha rendido
homenaje a mujeres y hombres valientes que se han alzado contra la represión,
que han llevado la esperanza de libertad a las celdas, a las calles y a las
plazas públicas, y que con sus actos han demostrado que la resistencia puede
cambiar el mundo.
Hoy
le honramos a usted, María Corina Machado.
Rendimos
también homenaje a todos quienes esperan en la oscuridad.
A
todos quienes han sido detenidos y torturados, o han desaparecido.
A
todos quienes siguen manteniendo la esperanza.
A
todos aquellos en Caracas y en otras ciudades de Venezuela que se ven obligados
a susurrar el lenguaje de la libertad.
Que
nos escuchen ahora.
Que
sepan que el mundo no les da la espalda.
Que
la libertad se acerca.
Y
que Venezuela volverá a ser un país pacífico y democrático.
Que
amanezca una nueva era.
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