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jueves, 25 de septiembre de 2025

"El Dictador" de Ednodio Quintero - Elías Pino Iturrieta

 

 CÉSAR AIRA Y EDNODIO QUINTERO, ARCHIVO EDNODIO QUINTERO

"El Dictador" de Ednodio Quintero

Por Papel Literario - El Nacional

Por ELÍAS PINO ITURRIETA

Septiembre 21, 2025 12:06 am.

 

“Como se sabe, la Proclama de Guerra a Muerte es  uno de los documentos más terribles y oscuros de la época, sobre cuyo contenido no han faltado los esfuerzos de justificación y las ganas de sacarle el cuerpo. Pese a que es el anuncio  de un holocausto, o de un crimen que en la actualidad llamamos genocidio, la sociedad del futuro lo ha mirado con condescendencia, o lo ha metido bajo la alfombra para que la liturgia de su autor se libre de tropiezos”

La guerra de independencia de España ha sido el tema más trajinado de la cultura venezolana, pero no el mejor clarificado. Pese a una contribución colosal de los historiadores profesionales, llevada a cabo desde los años sesenta del siglo pasado y de cuyo seno han salido obras capaces de alejarse de las glorias de la epopeya, ha predominado una magnificación que llega hasta nuestros días. Los anales escritos en el siglo XIX, animados por el relumbrón de las batallas, han crecido en clientela debido a la fundación de un culto en cuya cima refulge el Libertador; y a una manipulación de naturaleza política, que  ha estorbado el conocimiento de lo que se ha investigado y escrito con equilibrio sobre la época.

Es probable que no diga ahora nada nuevo, pero pretende ser oportuno cuando la creación literaria se agrega a la siembra de la parcela con una novela especialmente digna de atención. Otras la han precedido, pero tal vez ninguna tan diáfana en la apreciación de la figura de Simón Bolívar sin saltar las barreras de la mesura en el tratamiento de los asuntos de su tiempo. No solo porque se aleja de  invenciones inverosímiles, sino también debido a cómo se acerca a la figura del héroe para bajarlo del pedestal sin valerse de una mandarria. Ahora el héroe es distinto, seguramente, a como lo conoció y celebró el lector común antes de meterse en las páginas de la novela. No brota de ellas el semidiós de costumbre, pero tampoco un personaje digno de  rechazo. Un fino tamiz lo retira del templo para ofrecerlo a la tierra. Una delicada sensibilidad lo hace criatura de sus circunstancias para estrenarlo sin ostentación como el responsable  de una tragedia fundamental, de cuyos fondos venimos sin pensar en la necesidad de bañarla en agua lustral.

Queda pendiente el asunto de la verdad y la mentira, que no debe dejar de considerarse. Se supone que el libro que ahora presentamos carece de veracidad porque es fruto de la imaginación de Ednodio Quintero. ¿Razones? Debido a que los historiadores no mentimos, o estamos obligados a no mentir, y a que los novelistas y los cuentistas, como nuestro Ednodio, llegan a la fama y venden libros tergiversando la realidad hasta vapulearla para llegar a cumbres altísimas. Lo dicho tiene sentido y es generalmente proclamado, pero, ¿qué pasa con lo que a menudo no se dice, esto es, cuando los libros de historia, especialmente los que se han dedicado al estudio de la Independencia desde el siglo XIX, no han escatimado esfuerzos para exagerar, y para ser obreros diligentes del bronce del héroe? Aparte de que carecen de las excelencias de la escritura propia de los novelistas, o de algunos de ellos, deben resignarse a aguantar las andanadas que puede dedicarles un brillante narrador profesional que los pone en su lugar. Estamos en ese caso.

Pero hay otro asunto susceptible de especial atención. El Dictador, pues tal es el título de la novela de Ednodio Quintero que hoy presentamos, se aventura por los sucesos del año 1813, cuando el joven Bolívar pasa por Mérida para dirigirse a Trujillo a redactar la Proclama de Guerra a Muerte. Como se sabe, la Proclama de Guerra a Muerte es uno de los documentos más terribles y oscuros de la época, sobre cuyo contenido no han faltado los esfuerzos de justificación y las ganas de sacarle el cuerpo. Pese a que es el anuncio de un holocausto, o de un crimen que en la actualidad llamamos genocidio, la sociedad del futuro lo ha mirado con condescendencia, o lo ha metido bajo la alfombra para que la liturgia de su autor se libre de tropiezos. Conocido el antecedente, celebremos cómo se las ingenia Ednodio para manejarlo sin caer en los terrenos del escándalo, ni para llegar a los comentarios terribles que puede provocar una orden de muerte para todos los españoles y los canarios que viven entonces en Venezuela.

En la  Mérida de la época, aguijoneada por las solicitudes de la política que no habían sido determinante hasta entonces, existe un tipo de observadores o de espectadores con una capacidad de entendimiento susceptible de llevarlos a conductas razonables, o a evitar que se vuelvan locos en medio de una invasión militar. Son ciertos propietarios acaudalados, o gentes habituadas al trato con personas de las alturas, o figuras de la ortodoxia manejable que se ha aclimatado en el seno de la iglesia, debido a cuyas vivencias  pueden apreciar con mesura relativa la marcha de los acontecimientos, o amoldarse a sus solicitudes sin llegar a la desesperación. También son elementos ganados por la causa de la Independencia política recientemente proclamada en Caracas, duchos sacando cuentas sobre lo que pueden ganar con el cambio de gobierno sin pasarse de intrépidos. De esa fuente mana el bachiller Montilla, protagonista de la novela.

Quinto Lucio Montilla es su nombre completo. Nacido en el páramo de Cabimbú e hijo de un agricultor modesto del lugar, cultivó las primeras letras en Niquitao, con una tía rigurosa y rezandera, “flaca como una garrocha y amarga como la hiel”, pero aceptó de buen grado el plan de sus mayores de ingresar en el seminario merideño de San Buenaventura para mejor educación y mayor cercanía con un pasar sin sorpresas. Cuando llega la Independencia le debe faltar un par de años para la ordenación sacerdotal, después de un desenvolvimiento que, sin ser excepcional, no lo hacía pasar como uno del montón. Se aficionó entonces a la lectura de las Meditaciones del emperador Marco Aurelio, a las páginas de Montaigne, que no dejaba de consultar para el entendimiento de desafíos cotidianos, y a las Confesiones de San Agustín. Es probable que esos textos le fueran recomendados por uno de sus maestros, monseñor Jáuregui, que lo tenía en alta estima. Hablaba a solas con su maestro cuando podía, pero no pasaba un día sin recordar las opiniones de su padre.

Entre ellas, relata Ednodio, el siguiente juicio sobre las calamidades de la guerra. Lo escuchó cuando las tropas republicanas penetraban desde la Nueva Granada. Veamos cómo se detiene en el punto: “Cuando visité a mi padre por última vez a mediados del año pasado lo encontré muy preocupado por el rumbo que estaba tomando la guerra de Independencia. La guerra a secas, dijo, pues al final cuando el conflicto se haya resuelto ya que ningún combate se puede prolongar hasta la eternidad, sin importar cuál de los bandos resulte vencedor, nada habrá cambiado. Aquí en estos páramos severos todo seguirá igual. Levantarse muy temprano. Trabajar de sol a sol. Nadie vendrá a socorrer nuestras más apremiantes necesidades. La guerra, hijo mío, es la peor de las desgracias. Peor incluso que la peste. Pues la peste, a pesar de sus efectos devastadores, cumple un ciclo y se retira al igual que una bestia que se harta luego de una carnicería. La guerra en cambio nunca se sacia, nadie sabe cuándo acabará”.

Las palabras del padre adquieren una proximidad amenazante cuando sucede la aclamación de Simón Bolívar, a quien Mérida concede el título de Libertador después de un triunfal desfile. Jesús Ramírez, uno de sus compañeros de habitación en el seminario de San Buenaventura, se propone como voluntario en el ejército y es recibido en medio de aplausos. Llaman después al bachiller para una selección de escribanos que manejen la correspondencia del Libertador, y es escogido después de una prueba de selección junto con otros seminaristas. Ahora la guerra no se reduce al terrífico comentario del padre, porque lo arrastra pese a que no ha hecho nada para entrar en sus fauces. Ahora el bachiller Montilla no solo se ubica en un elenco que pudiera considerarse como principal, cerca del capitán estelar, sino también como testigo de asuntos que jamás habían pasado por su cabeza de pichón de cura. Los cambios que le suceden en adelante, hasta llevarlo a situaciones de silenciosa y solitaria desesperación, son lo fundamental de El Dictador que hoy nos entrega Ednodio Quintero.

Los cambios en el pasar del bachiller Montilla, que habitualmente recibe como resortes que puede dominar, o que no lo sacan de quicio, o que elude sin hablar mucho, o hablando solo, son la brújula para acercarse a una situación pavorosa que no conduce a la proclamación estentórea de un apocalipsis. Pese a que el muchacho se enfrenta a situaciones jamás experimentadas, que lo pueden volver loco, el consejo de sus lecturas favoritas y cierta cautela de hombre del páramo que lo aleja de precipitaciones son los rasgos en los cuales encuentra el novelista el material para una historia creíble y respetable. La ecuanimidad del autor y la curiosa serenidad que supo encontrar en el joven protagonista se juntan para la oferta de una historia digna de atención, o capaz de internarse por espacios de interpretación habitualmente desechados por los autores. Pueden esperarse miles de situaciones espeluznantes en un libro que se ocupa de la Guerra a Muerte y del hombre que la llevó a cabo, pero tales eventos apenas estorban la marcha de una descripción sosegada que atrapa por la sinceridad de su desarrollo.

Hay en el libro fragmentos de una violencia brutal, que el bachiller Montilla sobrelleva a su modo y que el autor ofrece con un solvente afán de comprensión, sin ganas de construir el museo de horrores que pudo aconsejar la facilidad. La historia del dispositivo de ascensos creado por el general mantuano Antonio Nicolás Briceño en la víspera, por ejemplo, que dependía del número de cabezas de españoles que le presentaran sus soldados. O la decapitación de una pareja de ancianos de origen español y de su hermoso nieto, cuyas cabezas llevó el asesino ante Bolívar en Mucuchíes para que le festejara la carnicería. O el cambio brutal del joven Rafael Ramírez mientras evolucionan los acontecimientos, quien deja de ser un seminarista común y corriente para convertirse en  vulgar hombre de presa. O la actitud de Bolívar cuando prepara en Mérida el documento de exterminio que publicará en Trujillo.

El bachiller recuerda con fidelidad detalles como los siguientes, que  deja escapar mientras copia las palabras del dictador antes de dejar la ciudad de Merida: “La voz que rastrilla las láminas de aire del salón alumbrado por los resplandores del ocaso acarrea desde el fondo de una conciencia lúcida, acerada y vengativa, mensajes de odio, admoniciones y amenazas que sugieren ríos de sangre, víctimas propiciatorias aherrojadas en sombríos calabozos, cadáveres colgando de los puentes, mujeres violentadas con saña criminal, huérfanos mendigando en los caminos reales, cuerpos decapitados expuestos a la intemperie. Buitres y zamuros sobrevolando los cielos de la patria. El espíritu rencoroso y vengativo de un elegido de los dioses campea a sus anchas por los mustios páramos, las calurosas llanuras y los yertos desiertos de un país asolado por la peste. Pues ya se sabe, la guerra trae consigo los jinetes del hambre, la maledicencia y la maldad”. No solo se refiere a solas sin que nadie le escuche a la guerra en general, como hacía su padre, sino a la Guerra a Muerte iniciada en la Venezuela de 1813.

¿Pero pueden el novelista y su criatura oponerse a los eventos, levantarse contra ellos y contra su poderoso autor? ¿Pueden volverse historiadores, con el objeto de reconstruir los sucesos en forma puntillosa y proponer explicaciones para el futuro? El  bachiller Montilla queda desolado cuando concluye la copia de la Proclama definitiva. Afirma: “Al sortear el umbral, en un acto reflejo observo mis manos antes de internarme en lo que queda de esa noche aciaga y fría alumbrada por la luna llena, y las veo tintas en sangre”. No va entonces a su habitación sino hacia un establo, para escapar de Trujillo en su caballo hacia Cabimbú después de recordar los pasos del camino que lo llevará a su casa, el único lugar hospitalario que necesita y al que llegará por sendero confiable. Ni siquiera piensa entonces en establecerse en Mérida, o en volver al seminario de San Buenaventura que lo ha tratado con prudente largueza y lo ha formado como hombre de bien. Llegará a la casa familiar con todo el sigilo del mundo, después de pasar por la Mesa de Esnujaque, la Quebrada de Durí, el páramo de Tuñame y la cordillera de la Teta de Niquitao cuyos detalles lleva grabados en el corazón.

En la prisa  olvida  recoger las Meditaciones de Marco Aurelio que dejó en la mesita de noche.  Piensa que encontrará otra copia cuando termine la guerra. “Vamos, caballito, arre”, escribe Ednodio Quintero para concluir El Dictador.