"El Dictador" de Ednodio Quintero
Por Papel Literario - El Nacional
Por ELÍAS PINO
ITURRIETA
Septiembre 21, 2025 12:06 am.
“Como
se sabe, la Proclama de Guerra a Muerte es
uno de los documentos más terribles y oscuros de la época, sobre cuyo
contenido no han faltado los esfuerzos de justificación y las ganas de sacarle
el cuerpo. Pese a que es el anuncio de
un holocausto, o de un crimen que en la actualidad llamamos genocidio, la
sociedad del futuro lo ha mirado con condescendencia, o lo ha metido bajo la
alfombra para que la liturgia de su autor se libre de tropiezos”
La
guerra de independencia de España ha sido el tema más trajinado de la cultura
venezolana, pero no el mejor clarificado. Pese a una contribución colosal de
los historiadores profesionales, llevada a cabo desde los años sesenta del
siglo pasado y de cuyo seno han salido obras capaces de alejarse de las glorias
de la epopeya, ha predominado una magnificación que llega hasta nuestros días.
Los anales escritos en el siglo XIX, animados por el relumbrón de las batallas,
han crecido en clientela debido a la fundación de un culto en cuya cima refulge
el Libertador; y a una manipulación de naturaleza política, que ha estorbado el conocimiento de lo que se ha
investigado y escrito con equilibrio sobre la época.
Es
probable que no diga ahora nada nuevo, pero pretende ser oportuno cuando la
creación literaria se agrega a la
siembra de la parcela con una novela
especialmente digna de atención. Otras la han precedido, pero tal vez ninguna
tan diáfana en la apreciación de la figura de Simón Bolívar sin saltar las barreras
de la mesura en el tratamiento de los asuntos de su tiempo. No solo porque se
aleja de invenciones inverosímiles, sino
también debido a cómo se acerca a la figura del héroe para bajarlo del pedestal
sin valerse de una mandarria. Ahora el héroe es distinto, seguramente, a como
lo conoció y celebró el lector común
antes de meterse en las páginas de la novela. No brota de ellas el semidiós de costumbre, pero tampoco un personaje
digno de rechazo. Un fino tamiz lo
retira del templo para ofrecerlo a la
tierra. Una delicada sensibilidad lo hace criatura de sus circunstancias para
estrenarlo sin ostentación como el
responsable de una tragedia fundamental,
de cuyos fondos venimos sin pensar en la
necesidad de bañarla en agua lustral.
Queda
pendiente el asunto de la verdad y la mentira, que no debe dejar de
considerarse. Se supone que el libro que ahora presentamos carece de veracidad
porque es fruto de la imaginación de Ednodio Quintero. ¿Razones? Debido a que
los historiadores no mentimos, o estamos obligados a no mentir, y a que los
novelistas y los cuentistas, como nuestro Ednodio, llegan a la fama y venden
libros tergiversando la realidad hasta vapulearla para llegar a cumbres
altísimas. Lo dicho tiene sentido y es generalmente proclamado, pero, ¿qué pasa
con lo que a menudo no se dice, esto es, cuando los libros de historia,
especialmente los que se han dedicado al estudio de la Independencia desde el
siglo XIX, no han escatimado esfuerzos para exagerar, y para ser obreros
diligentes del bronce del héroe? Aparte de que carecen de las excelencias de la
escritura propia de los novelistas, o de algunos de ellos, deben resignarse a
aguantar las andanadas que puede
dedicarles un brillante narrador profesional que los pone en su lugar. Estamos
en ese caso.
Pero
hay otro asunto susceptible de especial atención. El Dictador, pues tal es el
título de la novela de Ednodio Quintero que hoy presentamos, se aventura por
los sucesos del año 1813, cuando el joven Bolívar pasa por Mérida para
dirigirse a Trujillo a redactar la Proclama de Guerra a Muerte. Como se sabe,
la Proclama de Guerra a Muerte es uno de los documentos más terribles y oscuros
de la época, sobre cuyo contenido no han faltado los esfuerzos de justificación
y las ganas de sacarle el cuerpo. Pese a que es el anuncio de un holocausto, o de un crimen que en la
actualidad llamamos genocidio, la sociedad del futuro lo ha mirado con
condescendencia, o lo ha metido bajo la
alfombra para que la liturgia de su autor se libre de tropiezos. Conocido el antecedente, celebremos cómo se
las ingenia Ednodio para manejarlo sin caer en los terrenos del escándalo, ni
para llegar a los comentarios terribles que puede provocar una orden de muerte
para todos los españoles y los canarios que viven entonces en Venezuela.
En
la Mérida de la época, aguijoneada por
las solicitudes de la política que no habían sido determinante hasta entonces,
existe un tipo de observadores o de espectadores con una capacidad de
entendimiento susceptible de llevarlos a conductas razonables, o a evitar que
se vuelvan locos en medio de una invasión militar. Son ciertos propietarios
acaudalados, o gentes habituadas al trato con personas de las alturas, o
figuras de la ortodoxia manejable que se ha aclimatado en el seno de la
iglesia, debido a cuyas vivencias pueden
apreciar con mesura relativa la marcha de los acontecimientos, o amoldarse a
sus solicitudes sin llegar a la desesperación. También son elementos ganados
por la causa de la Independencia política recientemente proclamada en Caracas,
duchos sacando cuentas sobre lo que pueden ganar con el cambio de gobierno sin
pasarse de intrépidos. De esa fuente mana el bachiller Montilla, protagonista
de la novela.
Quinto
Lucio Montilla es su nombre completo. Nacido en el páramo de Cabimbú e hijo de
un agricultor modesto del lugar, cultivó las primeras letras en Niquitao, con
una tía rigurosa y rezandera, “flaca
como una garrocha y amarga como la hiel”, pero aceptó de buen grado el plan de
sus mayores de ingresar en el seminario merideño de San Buenaventura para mejor
educación y mayor cercanía con un pasar sin sorpresas. Cuando llega la
Independencia le debe faltar un par de años para la ordenación sacerdotal,
después de un desenvolvimiento que, sin ser excepcional, no lo hacía pasar como
uno del montón. Se aficionó entonces a la lectura de las Meditaciones del
emperador Marco Aurelio, a las páginas de Montaigne, que no dejaba de consultar
para el entendimiento de desafíos cotidianos, y a las Confesiones de San
Agustín. Es probable que esos textos le fueran recomendados por uno de sus
maestros, monseñor Jáuregui, que lo tenía en alta estima. Hablaba a solas con
su maestro cuando podía, pero no pasaba un día sin recordar las opiniones de su padre.
Entre
ellas, relata Ednodio, el siguiente juicio sobre las calamidades de la guerra.
Lo escuchó cuando las tropas republicanas penetraban desde la Nueva Granada.
Veamos cómo se detiene en el punto: “Cuando visité a mi padre por última vez a
mediados del año pasado lo encontré muy preocupado por el rumbo que estaba
tomando la guerra de Independencia. La guerra a secas, dijo, pues al final
cuando el conflicto se haya resuelto ya que ningún combate se puede prolongar
hasta la eternidad, sin importar cuál de los bandos resulte vencedor, nada
habrá cambiado. Aquí en estos páramos severos todo seguirá igual. Levantarse
muy temprano. Trabajar de sol a sol. Nadie vendrá a socorrer nuestras más
apremiantes necesidades. La guerra, hijo mío, es la peor de las desgracias.
Peor incluso que la peste. Pues la peste, a pesar de sus efectos devastadores,
cumple un ciclo y se retira al igual que una bestia que se harta luego de una
carnicería. La guerra en cambio nunca se sacia, nadie sabe cuándo acabará”.
Las
palabras del padre adquieren una proximidad amenazante cuando sucede la
aclamación de Simón Bolívar, a quien Mérida concede el título de Libertador
después de un triunfal desfile. Jesús Ramírez, uno de sus compañeros de
habitación en el seminario de San Buenaventura, se propone como voluntario en
el ejército y es recibido en medio de aplausos. Llaman después al bachiller
para una selección de escribanos que manejen la correspondencia del Libertador,
y es escogido después de una prueba de selección junto con otros seminaristas.
Ahora la guerra no se reduce al terrífico comentario del padre, porque lo
arrastra pese a que no ha hecho nada para entrar en sus fauces. Ahora el
bachiller Montilla no solo se ubica en un elenco que pudiera considerarse como
principal, cerca del capitán estelar, sino también como testigo de asuntos que
jamás habían pasado por su cabeza de pichón de cura. Los cambios que le suceden
en adelante, hasta llevarlo a situaciones de silenciosa y solitaria
desesperación, son lo fundamental de El Dictador que hoy nos entrega Ednodio
Quintero.
Los
cambios en el pasar del bachiller Montilla, que habitualmente recibe como
resortes que puede dominar, o que no lo sacan de quicio, o que elude sin hablar
mucho, o hablando solo, son la brújula para acercarse a una situación pavorosa
que no conduce a la proclamación estentórea de un apocalipsis. Pese a que el
muchacho se enfrenta a situaciones jamás experimentadas, que lo pueden volver
loco, el consejo de sus lecturas favoritas y cierta cautela de hombre del
páramo que lo aleja de precipitaciones son los rasgos en los cuales encuentra
el novelista el material para una historia creíble y respetable. La ecuanimidad
del autor y la curiosa serenidad que supo encontrar en el joven protagonista se
juntan para la oferta de una historia digna de atención, o capaz de internarse
por espacios de interpretación habitualmente desechados por los autores. Pueden
esperarse miles de situaciones espeluznantes en un libro que se ocupa de la
Guerra a Muerte y del hombre que la llevó a cabo, pero tales eventos apenas
estorban la marcha de una descripción sosegada que atrapa por la sinceridad de
su desarrollo.
Hay en el libro fragmentos de una violencia
brutal, que el bachiller Montilla sobrelleva a su modo y que el autor ofrece
con un solvente afán de comprensión, sin ganas de construir el museo de horrores que pudo aconsejar la
facilidad. La historia del dispositivo de ascensos creado por el general
mantuano Antonio Nicolás Briceño en la víspera, por ejemplo, que dependía del
número de cabezas de españoles que le presentaran sus soldados. O la
decapitación de una pareja de ancianos de origen español y de su hermoso nieto,
cuyas cabezas llevó el asesino ante Bolívar en Mucuchíes para que le festejara
la carnicería. O el cambio brutal del joven Rafael Ramírez mientras evolucionan
los acontecimientos, quien deja de ser un seminarista común y corriente para convertirse en vulgar hombre de presa. O la actitud de Bolívar cuando prepara en Mérida el
documento de exterminio que publicará en Trujillo.
El
bachiller recuerda con fidelidad detalles como los siguientes, que deja escapar mientras copia las palabras del
dictador antes de dejar la ciudad de Merida: “La voz que rastrilla las láminas
de aire del salón alumbrado por los resplandores del ocaso acarrea desde el
fondo de una conciencia lúcida, acerada y vengativa, mensajes de odio,
admoniciones y amenazas que sugieren ríos de sangre, víctimas propiciatorias
aherrojadas en sombríos calabozos, cadáveres colgando de los puentes, mujeres
violentadas con saña criminal, huérfanos mendigando en los caminos reales,
cuerpos decapitados expuestos a la intemperie. Buitres y zamuros sobrevolando
los cielos de la patria. El espíritu rencoroso y vengativo de un elegido de los
dioses campea a sus anchas por los mustios páramos, las calurosas llanuras y
los yertos desiertos de un país asolado por la peste. Pues ya se sabe, la
guerra trae consigo los jinetes del hambre, la maledicencia y la maldad”. No
solo se refiere a solas sin que nadie le
escuche a la guerra en general, como hacía su padre, sino a la Guerra a Muerte iniciada en la Venezuela
de 1813.
¿Pero
pueden el novelista y su criatura oponerse a los eventos, levantarse contra
ellos y contra su poderoso autor? ¿Pueden volverse historiadores, con el objeto
de reconstruir los sucesos en forma puntillosa y proponer explicaciones para el
futuro? El bachiller Montilla queda
desolado cuando concluye la copia de la Proclama definitiva. Afirma: “Al
sortear el umbral, en un acto reflejo observo mis manos antes de internarme en
lo que queda de esa noche aciaga y fría alumbrada por la luna llena, y las veo
tintas en sangre”. No va entonces a su habitación sino hacia un establo, para
escapar de Trujillo en su caballo hacia Cabimbú después de recordar los pasos
del camino que lo llevará a su casa, el único lugar hospitalario que necesita y al que llegará por sendero
confiable. Ni siquiera piensa entonces en establecerse en Mérida, o en volver
al seminario de San Buenaventura que lo ha tratado con prudente largueza y lo ha formado como hombre de bien. Llegará
a la casa familiar con todo el sigilo del mundo, después de pasar por la Mesa
de Esnujaque, la Quebrada de Durí, el páramo de Tuñame y la cordillera de la
Teta de Niquitao cuyos detalles lleva grabados en el corazón.
En
la prisa olvida recoger las Meditaciones de Marco Aurelio que
dejó en la mesita de noche. Piensa que
encontrará otra copia cuando termine la guerra. “Vamos, caballito, arre”,
escribe Ednodio Quintero para concluir El Dictador.
